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Devocional Cristiano - Los valores en el corazón

Mt 5.3, 4

 

Mucho se habla acerca de la pérdida de los valores en la sociedad en la que vivimos y de cómo se puede volver a tener una comunidad con valores. En cuanto al Señor y su comunidad, la Iglesia, eso siempre estuvo muy claro, dado que para él su comunidad debe reflejar los valores que él no sólo nos propuso, sino de los cuales él es ejemplo en cuanto a observancia. ¿Puede la iglesia perder los valores? No cabe duda que si y que pierde todo su poder y su hermosura cuando vive de espaldas a los principios del Reino y se afana por serle agradable al mundo. Es tarea de cada creyente, de cada integrante del pueblo de Dios, el vivir según las normas que rigen el Reino, pero para ello primero tiene que haber un cambio de corazón.

Tenemos enfrente nuestro las dos primeras bienaventuranzas, y lo primero que tenemos que decir al respecto, que sirve para las demás, es que las bienaventuranzas no son metas a cumplir, ni algo que potencialmente podemos llegara  ser, sino que son declaraciones de parte de Jesús de lo que un hijo de Dios debe ser.

Entonces, no debemos llegara  ser pobres e espíritu, los creyentes, si han sido renovados por Dios, ya son pobres en espíritu. Esta condición nos habla de lo que el alma del hombre y la mujer de Dios siente cuando se encuentra por primera vez con el Dios tres veces santo. Ese contacto, lejos de producir como primer fruto una alegría inmensa, debe producir la conciencia de la propia pecaminosidad y de lo imposible que es para el alma humana acercarse a Dios por sí misma. Delante de Dios somos seres carentes. Esa sensación mata el orgullo y toda inclinación interior de sentirnos que valemos algo o que somos alguien delante de Dios, en el sentido de tener algo de lo que jactarnos ante él. No somos nada, no tenemos nada. Esa es la pobreza del espíritu que debe caracterizar a los hijos de Dios y Jesús afirma de los tales es el reino de los cielos.

Esa misma condición nos puede llevar a la siguiente bienaventuranza, que no nos habla simplemente de cualquiera que llora, sino que tiene en mente el contexto y, en especial, la bienaventuranza anterior. El alma llora por su condición de pobreza y de incapacidad delante de Dios, pero ese llanto tiene como respuesta la consolación de lo alto, porque el precio ya fue pagado por el Hijo. El alma puede encontrar entonces motivos para sentirse consolada porque sus incapacidades fueron suplidas por la infinita gracia de Dios.

Nosotros hijos de Dios, si realmente los somos, nos hemos encontrado con nuestra incapacidad y hemos sido consolados por Dios. Un espíritu pobre y un corazón consolado, es el terreno fértil para que los valores del reino hagan morada en él. Los reconoce como buenos y los adopta como propios, pues además de todo entiende que sus propios valores, antes que ponerlo en relación con Dios, lo habían alejado.

En la práctica: En relación con lo anterior, tenemos que recorrer los evangelios para encontrar allí la forma en que el Señor nos muestra la forma en que estos valores se muestran en una vida humana. Él fue el ejemplo de humildad al que debemos mirar, porque aunque era Dios, prefirió humillarse a sí mismo por amor a nosotros y en obediencia a su Padre.

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