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Son días en los que muchos andan de iglesia en iglesia buscando una mayor bendición que la que tenían en el lugar del que acaban de salir. Gente que anda a la caza de la unción de moda o de aquel ministerio que promete ser la solución a todos los problemas que tienen. Como caminantes extraviados en el desierto, todo nuevo espejismo se muestra ante ellos como la esperanza de una vida fresca y llena de los frutos de la bendición divina. Sólo al llegar y estar allí un rato se dan cuenta que el espejismo era sólo eso y vuelven a buscar, mirando en todas direcciones para ver dónde se encuentra aquel lugar dónde sólo haya eso que ellos perciben como bendición: una vida rica en bienestar y exenta de problemas.


No sé si será también fruto de la sociedad de consumo en la que estamos metidos, pero muchos sólo consideran su relación con Cristo y con la iglesia como algo que se mide en función a lo que ellos reciben, sin pensar siquiera en lo que ellos pueden dar. La avidez por la bendición divina (otra vez, entendida como la resolución de todos los problemas y conflictos que se puedan tener) hace que muchos pierdan de vista el hecho maravilloso de haber sido ya bendecidos con el mayor regalo concebible: Jesús se dio por ellos, para que ellos pudieran darse a sí  mismos en favor de los que todavía no han tenido su encuentro con la salvación que es derramada desde la cruz. Tan centrados estamos a veces en lo que esperamos recibir nosotros, que perdemos de vista lo que podemos dar.

El relato de la alimentación de los cinco mil (Mr 6.30-44) ilustra bien esto que estoy diciendo. Los discípulos habían regresado de un viaje ministerial en el que pudieron comprobar que el poder que Jesús les había dado para obrar milagros y predicar, se manifestaba en ellos de una manera sorprendente. Ahora volvían contentos, pero extenuados. Necesitaban de Jesús y él les ofrece un "mini retiro" en el que pudieran reponerse dado que "eran muchos los que iban y venían, de manera que no tenían tiempo ni para comer" (vs 31b). Un rato a solas con su Maestro, un momento para reponer fuerzas, recibir la bendición de su preciosa presencia sin ser molestados por los que andaban en búsqueda de lo que Jesús podía ofrecerles...

Pero el retiro duró poco, seguramente menos que lo que los discípulos hubieran querido pues la gente los había seguido y allí estaban frente a ellos, miles de corazones y estómagos hambrientos. Llega la noche y había que darles de comer. Hay algo que me llama la atención y es que Jesús bien podría haber hecho aparecer la comida delante de cada persona ¿No es cierto? Sin embargo le encargó a los discípulos, que aún no se recobraban del todo que ellos repartieran. ¿Para qué ponerlos a trabajar si ellos mismos necesitaban ser bendecidos por la presencia vivificadora de Cristo? Creo que Jesús quería mostrarles quienes eran los verdaderos necesitados. Los discípulos siempre estaban con su maestro y recibían de él todo lo necesario. Esa gente estaba allí y no tenían nada, era lógico entonces que los que tenían, dieran lo que recibieran de la mano poderosa de Cristo a los que nada tenían. Luego de comidos todos, es interesante notar que se recogieron tantas canastas de sobras como discípulos: doce. Esto nos dice que los mismos discípulos fueron también bendecidos con el acto de ser los "repartidores de la bendición divina".

¿Sos un hijo de Dios? Entonces tenés todo lo que necesitás para ser feliz, pues tenés a tu disposición todas las riquezas espirituales de tu Padre en los cielos (Ef 1.3). Es bueno buscar y querer más de Dios, no tan sólo de lo que Dios da. Pero es mejor recordar que somos continuamente bendecidos en nuestra relación con el Dios vivo, y vivir la realidad de ser ministros de su bendición, manos que reparten en abundancia lo que reciben a diario de las mismas manos del Maestro.
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