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Reflexiones Cristianas - El pequeño gran tirano

"Yo", palabra chiquita si las hay, ¿verdad?. Parece que como ante palabras mucho más grandes se perdería en cualquier texto, por más corto que éste fuera; al fin y al cabo son sólo dos letras. Pero son dos letras que juntas forman una palabra que es más poderosa que lo que se puede apreciar a simple vista, una palabra que cuando es puesta como la que domina las acciones personales, motivando los pareceres y los gustos e inflando lo más bajo de cada uno de nosotros, es una palabra que puede provocar una onda expansiva digna de la más poderosa de las bombas.


Esa palabra se transforma en un tirano que domina a la persona desde lo más profundo de su ser y lo lleva a colisionar con otros que han puesto sobre sí mismos a su propio tirano personal. De ahí que la "y" y la "o" cuando se juntan para hacer un yo con demasiada frecuencia lleva a inagotables enfrentamientos, a rupturas de relaciones y a pérdida de la libertad para hacer lo correcto en pos de hacer lo que el yo quiere. Es que el yo tiene sus propios gustos, pasiones, opiniones, todas irrenunciables por el sólo hecho de haber nacido del yo; no importa si siempre tiene la razón o no pues se deberá establecer que se sostendrán las opiniones y conveniencias personales contra cualquiera que intente ir en contra de lo que el yo propone, aún cuando se sospeche que el otro tiene la razón (el "otro": archienemigo reconocido y mortal del yo en sus facetas más violentas y egoístas). De ahí los enfrentamientos, los rencores, las guerras, y sin fin de males que padece el ser humano por haber dejado que ese pequeño gran tirano siga en su sitio.

Esa sobrevaloración del yo, del parecer propio por encima de cualquier otro juicio u opinión, es lo que ha fragmentado al mundo desde tiempos inmemoriales, cuando un hombre y una mujer decidieron (cosa trágica: no es un tirano que llegue y usurpe su lugar sino uno al que se le prepara un asiento bien cómodo y se le invita a sentarse allí) que el yo era el mejor para decidir que hacer frente a la propuesta de aquel reptil rastrero allá en el huerto. Y de ahí a esta parte de la historia la cosa no ha hecho más que empeorar.

Sólo en boca de una persona el yo cobró un nuevo sentido pues venía con algo distinto. Venía a poner al otro como centro y motivo de las acciones personales. Era un yo que buscaba el bien del otro. También era un yo con opiniones personales fuertes, pero con autoridad para ser sostenidas y creídas como verdades, dado que provenían de un interior libre de egoísmo. En su boca, el yo era fuente de vida. Quienes se encontraron con él y quisieron seguirle se encontraron con  que para ser libres debían destronar a su tirano personal y poner en su lugar al gran "Yo soy".

    "Si alguno quiere ser mí discípulo, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame"  Mt 16.24


Su propuesta es toda una revolución pues nos llama a una batalla sin cuartel con aquel tirano que vuelve emerger cada vez que se le da un espacio, por más pequeño que sea. Es lamentable, pero si notamos cuántas de las peleas y divisiones se han dado a lo largo de la historia pasada y reciente de la iglesia, muchas de ellas, sino todas, se han dado cuando los hijos de Dios han destronado a Cristo de sus vidas y congregaciones para poner al yo por encima de cualquier otra autoridad. Por ello debemos tomar parte en esta lucha por destronar al yo. No debemos confiarnos tras decisiones tomadas una vez, sino que debemos todos los días encontrar los nidos de resistencia del yo en nosotros y desalojarlo de allí. Es que como los virus más resistentes, cuando encuentra un lugar donde desarrollarse sin ser molestado, pronto muta en un monstruo terrible.

Cristo murió para que fuéramos libres de tal estado de tiranía (aunque el yo nos quiera hacer creer, ayudados por el yo amplificado de miles de otras voces, que la verdadera libertad consiste en hacer lo que el yo quiere). Como él fue el único que vivió la vida en plenitud quiere que nosotros hagamos lo mismo, por lo que nos pide algo tan radical como dejar que sea él el que sea la fuerza motora detrás de nuestras acciones, de nuestros pensamientos, de nuestras palabras.

Es algo que Pablo entendió muy bien:

    "Y Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí mismos, sino para él, que murió y resucitó por ellos" 2 Co 5.14


    "...y ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí. Y la vida que ahora vivo en el cuerpo, la vivo por mi fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a la muerte por mí" Gal 2.20.


Por ello, la comunidad creada por Cristo debía ser una en la que prevalezca el bien de los demás por encima de los propios, siguiendo su ejemplo:


    "Nada hagan por contienda o por vanagloria; antes bien, con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a sí mismos. No busquen su propio provecho, sino el de los demás. Haya, pues, en ustedes este sentir que hubo también en Cristo Jesús..."  Fil 2.3-5


Si tan sólo pudiéramos identificar quién es nuestro peor enemigo, nos ahorraríamos muchos dolores de cabeza a nosotros mismos y a los demás.

Es momento, quizás de hacer diario el ejercicio de buscar, identificar y destronar al yo del los lugares en nuestras vidas dónde se ha atrincherado. Es saludable, es liberador, es algo con lo que contaremos con la ayuda de Dios. También es doloroso, pues no se irá de cualquier lugar sin presentar batalla antes, pero es un dolor que nos lleva a la sanidad.
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