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Aquellas personas que han cambiado el mundo de la mano de su Dios han sido siempre fruto de una decisión tomada en el momento en que era preciso tomar esa decisión. Nunca fue fruto de la casualidad ni del azar. Hombres y mujeres se vieron alumbrados por el reflector de la vida que los llamaba a escena y yendo aún contra toda probabilidad, porque se jugaron por lo que creían lograron cosas grandes para Dios. Hace poco hablábamos de Noé, de cómo su decisión de creerle a Dios había salvado a la humanidad. Y la lista de personas de la Biblia y de la historia del pueblo de Dios que se jugaron por Dios, de todas las épocas, es muy extensa; pero en esa lista encontraremos siempre un mismo patrón: una hora decisiva que demandaba de una persona que no pensara en sí misma sino en la misión que le había sido encomendada. Hombres y mujeres que en esa hora dieron el paso adelante y salvaron el día. Ester es una de esas personas. Si vemos su historia, podemos notar como todo lo que le fue pasando la llevó directamente al momento en el que era hora de tomar una decisión. Pero vamos por partes. Tiempos críticos para el pueblo de Dios.
Dios permite que su pueblo pase por momentos críticos cada tanto. En su soberana voluntad está permitir que los suyos a veces se vean empujados hasta el límite. Muchas veces eso tiene que ver con que el pueblo refuerce su fe en él. Cuando el pueblo de Dios relaja su fe y su lealtad se pone por sí mismo en una condición en la cual Dios, que los ama, usará las armas a su mano para hacerlos volver de su locura. En otras ocasiones se trata de ver cuán grande es la fe de los que forman parte de su pueblo, por lo que las aguas turbulentes golpean fuertes contra ellos. En esos días de vientos fuertes se necesitan hombres y mujeres decididos a confiar en Dios para salir de la situación, aún cuando dicha situación sea humanamente imposible. Y los días de Ester eran días peligrosos para ser parte del pueblo de Dios. Desterrados, en una tierra extraña, ahora se veían sometidos al exterminio de parte de personas que los odiaban (Est. 3.13). El decreto estaba firmado y no había nada que se pudiera hacer humanamente hablando. Sujetos al capricho de hombres malvados, el pueblo de Dios pasaba por momentos decisivos. Nuestras vidas, nuestras familias, nuestras ciudades y aún en nuestras congregaciones, vivirán también tiempos decisivos en los cuales se requerirá de tu decisión; si, la tuya, no la de otro. La persona necesaria en el lugar indicado. Cuando contemplamos nuestras historias personales, con cada una de sus peculiares características y vicisitudes, con sus virtudes y defectos, sus aciertos y sus yerros, bien podemos verlas como una serie de eventos sin relación entre si, o como un camino en el cual si faltara alguno de sus pasos no seríamos ni estaríamos hoy donde estamos, para bien o para mal. Y si hablamos de Ester, todo en su vida la dirigió hacia el momento en el que la historia del pueblo de Dios o al menos de muchos de sus hermanos, pendía de su decisión. Había sido elegida la reina en el imperio persa, por lo que estaba en el centro de la escena, justo en el tiempo en el que la historia requería a alguien como ella en ese lugar. Toda su historia la llevaba a un solo momento decisivo. Podés mirar la historia de tu pueblo, de tu familia o de tu congregación y preguntarte qué pasará o podés tomar la decisión de ser gestor de lo que haga falta hacer con la ayuda de Dios. Al fin y al cabo si llegaste a este tiempo particular, seguramente es porque Dios te quería allí, pues allí deberás tomar la decisión de ser protagonista o sólo espectador de la historia. De tu respuesta depende no sólo tu vida posterior, sino que en muchos casos también depende la vida de los que te rodean.
Excusas que no sirven. Y llegado el momento, podemos presentar mil y un excusas, algunas muy buenas y hasta humanamente válidas. Pero esas excusas o esos impedimentos no te servirán de nada cuando se te pida cuenta de lo que hayas o no hayas hecho en el momento en que tuviste que decidir. En el caso de Ester el impedimento para la tarea era muy real. No sabemos si por seguridad o por el capricho propio de los monarcas de aquella época pero nadie, absolutamente nadie, podía entrar ante el rey si éste no lo autorizaba. Al parecer eso incluía a la reina, aún a la favorita. Para empeorar las cosas, hacía un mes que el rey no llamaba a Ester, por lo que bien podría pensar ella que algo malo pasaría con el rey. Lo que ella le manda a decir a Mardoqueo, entonces (vs 11), no era una excusa ligera, sino que era el relato de una realidad palpable. Pero aún así, Ester tendría que recordar que hay alguien que abre puertas y cambia corazones. En nuestro caso, muchas de las excusas que ponemos o pondremos a la hora de que se nos llame a escena, no son tan serias como el impedimento que tenía Ester. Generalmente sería algo así como: "no tengo tiempo ahora, mañana quizás"; "con todo lo que tengo para hacer (casa, estudio, trabajo, etc.) no hay lugar ahora para algo más"; "muy lindo todo, pero tendría que abandonar todo lo que he conseguido para hacer caso al llamado del Señor...". Se te pueden ocurrir otra tantas, pero al momento de tener que rendir cuentas de aquello que se te dio para hacer y no hiciste esas excusas sólo te engañarán a vos. Momento de tomar una decisión.
Mardoqueo redobla la apuesta (vvs 13 y 14) y osadamente vuelve a la carga. Ester tenía que saber que era el momento de actuar; para eso el Señor la había colocado en ese lugar. No era para que ella se entretuviera con la vida fácil del palacio, sino para la llegada de esa hora particular. Nadie es imprescindible en la obra de Dios, Mardoqueo lo sabía muy bien y conviene que lo sepamos nosotros. Si Ester no actuaba, Dios (a quien no se menciona, pero a quien vemos claramente tras la escena) tenía otras formas de salvar a su pueblo. El Altísimo había hecho promesas a su pueblo, promesas que él no estaba dispuesto a no cumplir. Si Ester no actuaba, alguien más lo haría, pero habría gran daño para muchos y aún para Ester si se negaba a actuar en el momento actual. Cuando Dios nos llama, no nos empujará a que aceptemos. Tenemos la opción de diferir la respuesta o de negarnos, pero tenemos que saber que los primeros perjudicados somos nosotros. Bendiciones prometidas a los fieles son perdidas a diario por aquellos que prefieren pensar en sí mismos en los momentos en que es necesario dejar de lado la comodidad y la conveniencia personal para ponerse en las manos de aquel que nos llama para hacer grandes cosas con nosotros. Y Ester estuvo a la altura de los acontecimientos, pues elije el camino de la acción, aún cuando ese camino pudiera acarrearle a ella inconvenientes personales. "...entraré a ver al rey, aunque no sea conforme a la ley; y si muero, que muera" 4.16b Esas palabras son palabras de alguien que entiende que el momento de entrar a escena ha llegado y que sin importar lo que le pase a uno, ni lo que pierda, el momento de actuar es ya. Y la primera acción es ponerse en las manos de Dios. Pide que todos los judíos ayunen y oren por ella, mientras ella hace lo mismo. No se apura, sino que busca a Dios. Dado que era Dios quien llamaba, era bueno que a él fuera para saber cómo y cuándo hacer y para afrontar con fortaleza lo que fuera a pasar. Cuando Dios nos llame a actuar, digamos que si, pero esperemos sus instrucciones, pues es su plan, no el nuestro. Y cuando la hora de la verdad llegó, Ester entró ante el rey y éste le extendió su cetro en señal de aprovación. El ayuno y la oración habían surtido efecto y la salvación del pueblo estaba en marcha. Lo único que hizo falta fue la voluntad de una joven princesa que supo que su momento de actuar había llegado. Hagamos caso al llamado de Dios. De los impedimentos se encargará él. Al fin y al cabo, es experto en abrir mares, en dar agua en medio de los desiertos, de levantar muertos de sus tumbas y de calmar mares y tormentas tempestuosas. A nosotros nos corresponde leer bien los tiempos y darnos cuenta de que nuestro momento de actuar quizás haya llegado. La decisión es tuya, y de esa decisión depende tu futuro.
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