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Reflexiones Cristianas - Ser o pretender ser

Ser o pretender ser - Lucas 22.31-34; 54-62


A veces, pretender saber más de lo que se sabe o ser más de lo que se es, puede traer grandes dolores de cabeza. Como ilustración de lo anterior, paso a contarles una experiencia personal. La iglesia de Tandil en la que conocí al Señor como mi Salvador personal solía realizar campamentos de verano en el balneario de Arenas Verdes, cerca de la localidad de Lobería. Esos campamentos eran la ocasión para pasar unos días escuchando la Palabra de Dios en un contexto diferente al del templo y, además, de divertirnos y pasar ratos de buena camaradería. Cuando era estudiante del Instituto Bíblico me invitaron a ir al campamento, pero como no tenía dinero para ir, me sugirieron que fuera como cocinero del campamento, a lo que accedí, dado que una de mis ocupaciones había sido la de cocinar comidas para llevar. Confiado en mi "basta experiencia" fui al campamento donde recibí un baño de realidad, pues a pesar de mis alardes de cocinero, en más de una de las comidas se notó mi inexperiencia y que lo mío no pasaba de ser sólo palabras infladas. La humillación para mí fue terrible, aún cuando otros no lo vieran y, a partir de allí, me cuido mucho en cuánto a lo que digo que soy o sé hacer. De todos modos, es un error del que tengo que estar atento, pues siempre está allí, latente.


El doloroso canto de un gallo.


Es por eso que la situación de Pedro al negar al Señor me resulta tan familiar en este sentido: Cuando Pedro negó al Señor se dio de cabeza contra sus propias afirmaciones de que sin importar lo que hicieran los otros discípulos, él nunca negaría a su maestro. Cuando el gallo cantó la tercera vez, el chocó de frente y a toda velocidad contra su real estado, el cual estaba muy lejos de lo que él mismo afirmaba. Creyéndose ser el mejor discípulo, aquel de quien el Señor podía estar seguro de su lealtad, se encontró con que era el peor de todos ellos.

Ya Jesús le había dicho que Satanás lo habría de zarandear, lo que motivó el alarde de Pedro (Lc 22.31-34). La zaranda sirve para sacar lo malo, lo que no sirve, y separarlo del grano bueno. En ese caso, Pedro fue sacudido por la zaranda y todo lo que en él era orgullo, todas sus seguridades falsas y todo lo que no le servía al Señor, fue echado fuera de una manera violenta. Esa zaranda fue necesaria en la vida de Pedro y lo es para nosotros cuando nos hacemos a la idea de que somos más de lo que las evidencias muestran a las claras.

Y esto creo que es algo que no sólo debemos aprender los creyentes, sino la iglesia en su conjunto. Se ve mucho aire de triunfo, mucha proclamación de grandes conquistas, cuando la realidad muestra que el impacto del evangelio en las ciudades y los países es casi nula. Y por impacto me refiero a que haya frenado el delito, el pecado, el hambre, la desigualdad y cualquier otro mal a causa de la actividad de la sal y la luz. Debemos ser sinceros y ver que a pesar de que siempre se anuncia que estamos en época de avivamiento de la fe, que la iglesia marcha triunfante hacia la conquista de la sociedad, la realidad nos muestra una iglesia que carece del poder suficiente para hacer lo que dice que hace.

Y por poder, me refiero a creyentes individuales que viven a Cristo como prioridad no tan sólo en sus canciones y cultos, sino también en su vida diaria. Que impactan en su medio a través de una vida consagrada no sólo dentro de los muros de los templos, sino en medio del mundo dónde Cristo los puso. Tiene que ver también con aquello que se predica desde los "grandes" púlpitos, dónde se ofrece un evangelio licuado y mezclado con cosas ajenas a las Escrituras. Un pseudo evangelio que no menciona el pecado ni da herramientas a los creyentes para vivir vidas que no sólo proclamen la victoria sobre el mal, sino que sean efectivas contra dicho mal, primero en el propio creyente. Porque se nos quiere hacer creer que somos como conquistadores invencibles cuando la realidad nos muestra a cada paso que, en la mayoría de los casos, somos sólo campeones de papel pintado.

¿Necesitamos que el gallo cante para nosotros?.


Quizás necesitemos pasar por la zaranda de tanto en tanto para que lo malo sea echado fuera de nosotros. Y si la lección es aprendida por medio de ese zarandear, estaremos en condiciones de servir al Señor de una manera viva y eficaz. Para ello miremos otra vez a Pedro. El efecto purificador de sus lágrimas al enfrentar la mirada de Cristo (Lc 22.61, 62) y ser confrontado con su propia y avergonzante realidad hizo de él el instrumento que Jesús necesitaba para cambiar el mundo. Sus seguridades ya no serían otras que las que él pudiera tener en base a su relación con Cristo.

¿Cómo será la mirada que Cristo dirija hoy a la iglesia? ¿Se mostrará complaciente, contento con lo que somos o hacemos?


Quizás sea hora de que cada creyente y que la iglesia toda escuche el canto del gallo para poder ser purificados de aquellas pretendidas seguridades que esconden una realidad que también es, en muchos casos avergonzante. Allí nos daremos cuenta que no somos todo lo que decimos que somos, ni estamos haciendo todo lo que deberíamos estar haciendo.

Cuando tomemos en serio el papel que el Señor quiere que asumamos, que hemos sido salvados con el único objetivo de llevar su mensaje y su vida a otros, allí notaremos que lo demás no importa, que pasa a segundo plano. Mientras tanto, a medida que más cosas se amontonen en torno al fruto que debemos dar, más necesaria se hará en nosotros una zaranda que nos sacuda y despierte. Y cuando esa zaranda pase, ojalá que como Pedro podamos salir purificados de tanto cartel y de tanta propaganda de ser muchas veces aquello que en realidad no somos.

Un creyente así purificado y una iglesia compuesta por dichos creyentes estará en capacidad de mostrar la vida de Cristo fluyendo en ellos hacia un mundo que está cansado de tanto marketing y de tanta mentira. Seremos lo que debemos ser a causa de nuestro llamado y basados en ese ser, viviremos vidas sinceras donde lo único que sobresaldrá serán los efectos de la vida de Cristo en nosotros, una vida que no necesita de tanta proclamación vacía y si de corazones humillados y en condiciones de recibir de él aquello que él quiere que demos después a los demás.
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