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Reflexiones Cristianas
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¿Por qué desertan nuestros jóvenes de las iglesias? Hace algún tiempo mientras estaba de visita en Costa Rica tuve la oportunidad de hablar con algunos de los líderes evangélicos de aquel país. Me comentaron el interesante trabajo sociológico llevado a cabo por el doctor Jorge Gómez titulado, El crecimiento y ladeserción en la iglesia evangélica costarricense. Uno de los resultados de dicho estudio fue constatar que tres de cada cinco jóvenes abandonan la iglesia. Este dato ha despertado la preocupación del liderazgo costarricense; fundamentalmente, porque cuestiona la realidad del crecimiento de la iglesia en aquel país latinoamericano. Dicho de otro modo, ¿Existe un crecimiento real si perdemos tres de cada cinco jóvenes de nuestras iglesias? El dato, sin embargo, impresiona aún más al saber que esta situación la comparten muchos países de América Latina. Al pensamiento no le costó demasiado pasar de la realidad americana a la española. La situación en España es, sin duda, tan grave o más que la de las naciones comentadas. Los hijos de creyentes están abandonando la iglesia. Esto es un hecho que todos nosotros podemos constatar solo con mirar alrededor de nosotros. Como persona dedicada desde hace años al trabajo entre la juventud lo he podido comprobar mientras visito y conozco iglesias, no solo de mi denominación, sino de otras denominaciones. El lamento es unánime y generalizado: !Nuestros jóvenes están desertando de la iglesia, abandonan la fe y los valores de sus padres! Este asunto ha sido corroborado por los comentarios de otros líderes y compañeros de ministerio ¿Qué sucede con los hijos de los creyentes? ¿Por qué abandonan la iglesia? ¿Puede detenerse este terrible proceso? Y, si la respuesta es positiva, ¿qué acciones deberíanimplementarse para detener esta carrera contra el legado de la fe?La primera causa, es una fe cultural. La realidad sociológica no la podemos ni debemos ignorar. Desde el final de la guerra civil, tal vez hasta mediados de los años setentas, el crecimiento de nuestras iglesias se debió básicamente a la incorporación de personas convertidas que provenían de fuera de los círculos evangélicos, por decirlo con nuestra jerga: provenían del mundo. Conforme nos acercábamos a los años finales de este periodo este número iba naturalmente decreciendo. Parejo a este descenso se producía un aumento del número de evangélicos de segunda generación. Es decir, de aquellos que se incorporaban a nuestros círculos porque sus padres se habían convertido, porque sus padres habían tomado la decisión de abandonar el mundo y dedicarse y convertirse al Señor. Es precisamente a partir de mediados de los setentas que la deserción de los hijos de creyentes comienza a darse ennuestras iglesias a un ritmo creciente y que todavía sigue sin detenerse. El proceso incluso se ve agravado por la existencia de una tercera generación de evangélicos, hijos de los hijos de aquellos que una vez abandonaron el mundo.¿Qué significa todo esto? Fundamentalmente que han habido dos generaciones de evangélicos que accedieron a la información relacionada con la fe y el Evangelio no por una decisión propia sino como una herencia cultural familiar. Estos jóvenes han crecido desde pequeños conociendo y accediendo a toda la información que permite a una persona ser cristiana, han e numerosas oportunidades de formación y recibido instrucción y familiarizado con la fe que puede otorgarles la salvación.En cuanto a los inconvenientes, es que el conocimiento sin práctica produce un efecto de inmunizaciónEsta condición, sin embargo, lleva consigo ventajas e inconvenientes. La ventaja es que les ha permitido un acceso privilegiado al conocimiento de Dios y su Palabra. Desde la niñez han aprendido conceptos que pueden no solo otorgarles la salvación sino proveer a sus vidas más riqueza, y dignidad. Han podido conocer el consejo de Dios que, al dejarse guiar por él, se librarán de multitud de situaciones de dolor y sufrimiento como consecuencia de su propiopecado.En cuanto a los inconvenientes, es que el conocimiento sin práctica produce un efecto de inmunización. Estos jóvenes saben pero no viven y, por tanto, pueden llegar a pensar que elEvangelio realmente no funciona y no sirve para la vida cotidiana. Pueden llegar a pensar que estar en la iglesia es lo mismo que formar parte de la familia de Dios y, por tanto, no vean la necesidad de la conversión personal.En muchos de estos jóvenes se ha dado o se da una confusión en relación con la experiencia de la conversión. ¿Creen por convicción personal propia o porque han recibido esas creencias de sus padres? ¿Son religiosos o convertidos? ¿Han aceptado a Jesús o han aceptado una ética y una moral? ¿Tienen relación o tienen religión? Para algunos lectores de este artículo estas afirmaciones tal vez pueden carecer de sentido, pero son muy importantes. Demasiado a menudo, hemos dado por sentado, que todos estos jóvenes eran creyentes simplemente porque estaban allí. Los hemos tratado y les hemos exigido una conformidad con un estilo de vida que no podían mantener, simplemente, porque no eran creyentes y a diferencia de sus padres, nunca habían experimentado en persona la salvación, ya que nunca habían entendido qué esperaba y exigía Dios de ellos. En definitiva, hemos partido de la premisa de que erancreyentes, en vez de partir de la premisa de que no lo eran.Ante esta crisis de identidad religiosa, ante esta confusión en relación con su fe y su experiencia personal de conversión, los hijos de creyentes reaccionan de dos formas diferentes: Abandonan la iglesiaTengo más de cuarenta años y son muchos los hombres y mujeres de mi generación que han abandonado el Evangelio. De hecho, me encuentro entre ese escaso número de los que permanecimos fieles. Todos nosotros podemos recordar compañeros, amigos, familiares que hoy no están con nosotros pero que un día estuvieron. Muchos de ellos abandonaron la fe tal vez debido a que conocieron la letra pero nunca tuvieron un encuentro personal con Cristo. Tuvieron religión, no relación. Asumen un nominalismo evangélicoEsta es la segunda respuesta. Más y más el nominalismo no es un fenómeno exclusivamente católico. Muchas personas en nuestras iglesias viven una fe nominal. Una fe caracterizada por la observancia de un mínimo de manifestaciones externas de la fe cristiana y un escaso compromiso con los ideales radicales del Reino. Una pequeña minoría mantiene vivas y en funcionamiento la mayoría de nuestras iglesias ante la pasividad y/o indiferencia de una mayoría.
Tomado de: http://www.desarrollocristiano.com
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¿Podemos tener un bastón de azúcar?, suplicó Jorge al mirar los caramelos colgando en el árbol de Navidad. Sí, ¿podemos?, repitió como un eco su hermana Amy. La mamá sonrió. Está bien, dijo asintiendo. Pero mientras lo comen, quiero que piensen en una forma que ellos les pueden recordar la razón por la cual celebramos la Navidad. Está bien, dijeron los muchachos, y se sentaron, los desenvolvieron y comenzaron a comer. Por unos pocos minutos nadie habló. Jorge extendió su brazo con caramelo en la mano y lo miró. ¡Oye!, gritó. Nuestro versículo de la escuela dominical la semana pasada decía: Por sus heridas hemos sido sanados, por lo tanto las rayas nos recuerdan de cómo azotaron a Jesús. Luego frunció el ceño. Pero, eso no tiene nada que ver con la Navidad, ¿o sí?, añadió. La mamá sonrió. Oh sí, ciertamente, le aseguró. La razón por la cual Jesús nació fue para crecer y sufrir y morir por nuestros pecados, y para ser un Salvador para todo aquel que crea en Él y le acepte. Amy alzó la mirada, sus ojos brillando. Entonces la raya roja del bastón de azúcar puede representar la sangre que Jesús vertió por nosotros cuando murió en la cruz, dijo. Me alegra que vino a morir por nosotros. ¿Qué tal tú? Te emocionas tanto con los caramelos y regalos de Navidad que se te olvida la verdadera razón por la cual celebramos esta fecha? En este día tan especial, se celebra el hecho de que Cristo nació para salvarte del pecado. Acepta el regalo maravilloso que Él te ofrece, el regalo de la salvación. Isaías 53:5 Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Fuente: Devocionales para Niños, Editorial Unilit
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Tenemos el privilegio de que Cristo nos haya abierto un canal directo con el trono de Dios. Eso posibilita una comunicación ilimitada con el centro del universo y poder ver en carne propia cómo él responde, aunque sus respuestas no siempre vienen cuándo y de la forma en que nosotros las esperábamos. Cabe hacerse algunas preguntas entonces ¿De qué depende la respuesta que recibamos del cielo? ¿De quién depende? ¿Depende de lo que pida y de cómo lo pida o de lo que Dios ya tiene dispuesto dar? ¿Mi fe puede hacer que Dios deje de hacer algo que él ya tenía determinado hacer? ¿O mi fe es la respuesta de mi parte a su voluntad revelada y lo que sé de su carácter y persona? Hay mucho en juego en cuánto a esto, porque para muchos la fe es una especie de fuerza a la que si logro conectarme lograré grandes cosas. Otros piensan que tener fe es desear algo tan fuertemente que sin dudas pasará como yo lo pienso. Entonces la respuesta positiva a mi oración sería directamente proporcional a la medida en que ejerzo esa "fe". Sin embargo, si revisamos muchos de los testimonios de fe de la Biblia (baste repasar el capítulo 11 de Hebreos) vemos que la fe no era ninguna fuerza misteriosa en aquellos que fueron aprobados por Dios como personas de fe, sino que siempre era la respuesta a algo que Dios se proponía hacer y de lo cual notificaba a sus siervos de distintas maneras. Por tomar un caso, podemos ver el caso de Noé. Su fe no consistió en desear que el diluvio viniera y que él se salvara, su fe no hizo aparecer milagrosamente el arca, sino que su fe creyó a lo que Dios había dicho y así pudo y quiso actuar en consecuencia. Primero la voz de Dios, luego la fe en lo dicho como respuesta. Algunas cosas a tener en cuenta: Algunas respuestas a oraciones. No hay espacio acá para citar cada respuesta a la oración de algún santo bíblico, pero con estos pocos ejemplos veremos que no hay un molde, que no existe una receta que garantice tener siempre una respuesta de acuerdo a lo que nosotros consideraríamos como positivas o afirmativas para nosotros. Respuesta rápida y afirmativa: 1 Reyes 18.36-38. ¿Quién de nosotros no quisiera una respuesta afirmativa y así de rápida como la que recibió aquella memorable tarde el profeta Elías? Siendo que no nos gusta nada esperar por respuestas ni humanas ni del cielo, nos podemos poner a buscar claves en el pasaje que nos den la receta de qué hacer y cómo hacer para obtener ese resultado. Pero detengamos el intento de tal cosa, porque estaríamos sólo buscando la gallina de los huevos de oro. Rápida y negativa: Jeremías 7.16 y 2 Corintios 12.7-9. Si la respuesta afirmativa de Dios dependiera de la fe que sus siervos tuvieran, se podría considerar que tanto Jeremías como Pablo eran personas con una fe muy pequeña. Pero si dijéramos tal cosa estaríamos demostrando sólo nuestra ignorancia con respecto a todo el tema de la fe. Dios les dijo que no en base a otras cosas, de la que daremos cuenta luego, pero no se trató acá de falta de fe, sino de que sólo Uno sabe cuál respuesta es la mejor en un momento dado de la historia de los pueblos y de las personas. Ninguno está pidiendo cosas malas: uno ora por el pueblo de Dios y otro por su salud. Pero Dios les dice que no. El caso de Pablo es notable, porque esa respuesta negativa no provocó en él ni rebeldía ni tristeza, sino gozo, porque vio que era infinitamente mejor no tener lo que él deseaba y si tener lo que Dios le daba a cambio. ¿Todo un ejemplo, no? Respuesta diferida: Éxodo 3.7-10. Dios le dice a Moisés que ha venido en respuesta a la oración de su pueblo oprimido. Cuándo habían sido hechas las oraciones en Israel para ser liberados de su esclavitud ¿La noche anterior? ¿Hacía tansólo algunos días? Podemos inferir que las oraciones habían sido hechas de manera casi continua por israelitas piadosos por al menos cerca de un siglo, pues cuarenta años antes de este llamado ya había opresión de parte de los egipcios y aún cuarenta años atrás, para la época del nacimiento de Moisés, ya la opresión y el maltrato eran un hecho consumado. Así que ahora viene Dios a liberar a su pueblo ¿Por qué tardó tanto? ¿Por qué no mejor ahorrarle a su pueblo todo el sufrimiento por el que pasó? En última instancia no tenemos todo el cuadro delante nuestro, hay cosas que Dios se reserva para sí mismo (Dt. 29.29), pero algo habrá tenido que ver con el tiempo que requirió preparar a un salvador efectivo, a Moisés. Sepámoslo: Dios nunca actúa deprisa ni con lentitud, siempre actúa en el momento que él considera el mejor, aún cuando a nosotros nos cueste la espera. Estos tres ejemplos son sólo una ínfima muestra de la forma en que Dios puede contestar a las oraciones de los suyos. No hay un molde ni una receta. En todo caso podemos tener la certeza de que esa respuesta, en nuestro caso, depende mucho de cómo estamos en relación con Dios, pero aún así tengamos en cuenta que la respuesta, en última instancia depende de la voluntad soberana de Dios. En la siguiente nota seguiremos considerando algunas otras cuestiones importantes que tenemos que observar pensando en qué esperar cuando hablamos de la respuesta a nuestra oración.
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Aquellas personas que han cambiado el mundo de la mano de su Dios han sido siempre fruto de una decisión tomada en el momento en que era preciso tomar esa decisión. Nunca fue fruto de la casualidad ni del azar. Hombres y mujeres se vieron alumbrados por el reflector de la vida que los llamaba a escena y yendo aún contra toda probabilidad, porque se jugaron por lo que creían lograron cosas grandes para Dios. Hace poco hablábamos de Noé, de cómo su decisión de creerle a Dios había salvado a la humanidad. Y la lista de personas de la Biblia y de la historia del pueblo de Dios que se jugaron por Dios, de todas las épocas, es muy extensa; pero en esa lista encontraremos siempre un mismo patrón: una hora decisiva que demandaba de una persona que no pensara en sí misma sino en la misión que le había sido encomendada. Hombres y mujeres que en esa hora dieron el paso adelante y salvaron el día. Ester es una de esas personas. Si vemos su historia, podemos notar como todo lo que le fue pasando la llevó directamente al momento en el que era hora de tomar una decisión. Pero vamos por partes. Tiempos críticos para el pueblo de Dios.
Dios permite que su pueblo pase por momentos críticos cada tanto. En su soberana voluntad está permitir que los suyos a veces se vean empujados hasta el límite. Muchas veces eso tiene que ver con que el pueblo refuerce su fe en él. Cuando el pueblo de Dios relaja su fe y su lealtad se pone por sí mismo en una condición en la cual Dios, que los ama, usará las armas a su mano para hacerlos volver de su locura. En otras ocasiones se trata de ver cuán grande es la fe de los que forman parte de su pueblo, por lo que las aguas turbulentes golpean fuertes contra ellos. En esos días de vientos fuertes se necesitan hombres y mujeres decididos a confiar en Dios para salir de la situación, aún cuando dicha situación sea humanamente imposible. Y los días de Ester eran días peligrosos para ser parte del pueblo de Dios. Desterrados, en una tierra extraña, ahora se veían sometidos al exterminio de parte de personas que los odiaban (Est. 3.13). El decreto estaba firmado y no había nada que se pudiera hacer humanamente hablando. Sujetos al capricho de hombres malvados, el pueblo de Dios pasaba por momentos decisivos. Nuestras vidas, nuestras familias, nuestras ciudades y aún en nuestras congregaciones, vivirán también tiempos decisivos en los cuales se requerirá de tu decisión; si, la tuya, no la de otro. La persona necesaria en el lugar indicado. Cuando contemplamos nuestras historias personales, con cada una de sus peculiares características y vicisitudes, con sus virtudes y defectos, sus aciertos y sus yerros, bien podemos verlas como una serie de eventos sin relación entre si, o como un camino en el cual si faltara alguno de sus pasos no seríamos ni estaríamos hoy donde estamos, para bien o para mal. Y si hablamos de Ester, todo en su vida la dirigió hacia el momento en el que la historia del pueblo de Dios o al menos de muchos de sus hermanos, pendía de su decisión. Había sido elegida la reina en el imperio persa, por lo que estaba en el centro de la escena, justo en el tiempo en el que la historia requería a alguien como ella en ese lugar. Toda su historia la llevaba a un solo momento decisivo. Podés mirar la historia de tu pueblo, de tu familia o de tu congregación y preguntarte qué pasará o podés tomar la decisión de ser gestor de lo que haga falta hacer con la ayuda de Dios. Al fin y al cabo si llegaste a este tiempo particular, seguramente es porque Dios te quería allí, pues allí deberás tomar la decisión de ser protagonista o sólo espectador de la historia. De tu respuesta depende no sólo tu vida posterior, sino que en muchos casos también depende la vida de los que te rodean.
Excusas que no sirven. Y llegado el momento, podemos presentar mil y un excusas, algunas muy buenas y hasta humanamente válidas. Pero esas excusas o esos impedimentos no te servirán de nada cuando se te pida cuenta de lo que hayas o no hayas hecho en el momento en que tuviste que decidir. En el caso de Ester el impedimento para la tarea era muy real. No sabemos si por seguridad o por el capricho propio de los monarcas de aquella época pero nadie, absolutamente nadie, podía entrar ante el rey si éste no lo autorizaba. Al parecer eso incluía a la reina, aún a la favorita. Para empeorar las cosas, hacía un mes que el rey no llamaba a Ester, por lo que bien podría pensar ella que algo malo pasaría con el rey. Lo que ella le manda a decir a Mardoqueo, entonces (vs 11), no era una excusa ligera, sino que era el relato de una realidad palpable. Pero aún así, Ester tendría que recordar que hay alguien que abre puertas y cambia corazones. En nuestro caso, muchas de las excusas que ponemos o pondremos a la hora de que se nos llame a escena, no son tan serias como el impedimento que tenía Ester. Generalmente sería algo así como: "no tengo tiempo ahora, mañana quizás"; "con todo lo que tengo para hacer (casa, estudio, trabajo, etc.) no hay lugar ahora para algo más"; "muy lindo todo, pero tendría que abandonar todo lo que he conseguido para hacer caso al llamado del Señor...". Se te pueden ocurrir otra tantas, pero al momento de tener que rendir cuentas de aquello que se te dio para hacer y no hiciste esas excusas sólo te engañarán a vos. Momento de tomar una decisión.
Mardoqueo redobla la apuesta (vvs 13 y 14) y osadamente vuelve a la carga. Ester tenía que saber que era el momento de actuar; para eso el Señor la había colocado en ese lugar. No era para que ella se entretuviera con la vida fácil del palacio, sino para la llegada de esa hora particular. Nadie es imprescindible en la obra de Dios, Mardoqueo lo sabía muy bien y conviene que lo sepamos nosotros. Si Ester no actuaba, Dios (a quien no se menciona, pero a quien vemos claramente tras la escena) tenía otras formas de salvar a su pueblo. El Altísimo había hecho promesas a su pueblo, promesas que él no estaba dispuesto a no cumplir. Si Ester no actuaba, alguien más lo haría, pero habría gran daño para muchos y aún para Ester si se negaba a actuar en el momento actual. Cuando Dios nos llama, no nos empujará a que aceptemos. Tenemos la opción de diferir la respuesta o de negarnos, pero tenemos que saber que los primeros perjudicados somos nosotros. Bendiciones prometidas a los fieles son perdidas a diario por aquellos que prefieren pensar en sí mismos en los momentos en que es necesario dejar de lado la comodidad y la conveniencia personal para ponerse en las manos de aquel que nos llama para hacer grandes cosas con nosotros. Y Ester estuvo a la altura de los acontecimientos, pues elije el camino de la acción, aún cuando ese camino pudiera acarrearle a ella inconvenientes personales. "...entraré a ver al rey, aunque no sea conforme a la ley; y si muero, que muera" 4.16b Esas palabras son palabras de alguien que entiende que el momento de entrar a escena ha llegado y que sin importar lo que le pase a uno, ni lo que pierda, el momento de actuar es ya. Y la primera acción es ponerse en las manos de Dios. Pide que todos los judíos ayunen y oren por ella, mientras ella hace lo mismo. No se apura, sino que busca a Dios. Dado que era Dios quien llamaba, era bueno que a él fuera para saber cómo y cuándo hacer y para afrontar con fortaleza lo que fuera a pasar. Cuando Dios nos llame a actuar, digamos que si, pero esperemos sus instrucciones, pues es su plan, no el nuestro. Y cuando la hora de la verdad llegó, Ester entró ante el rey y éste le extendió su cetro en señal de aprovación. El ayuno y la oración habían surtido efecto y la salvación del pueblo estaba en marcha. Lo único que hizo falta fue la voluntad de una joven princesa que supo que su momento de actuar había llegado. Hagamos caso al llamado de Dios. De los impedimentos se encargará él. Al fin y al cabo, es experto en abrir mares, en dar agua en medio de los desiertos, de levantar muertos de sus tumbas y de calmar mares y tormentas tempestuosas. A nosotros nos corresponde leer bien los tiempos y darnos cuenta de que nuestro momento de actuar quizás haya llegado. La decisión es tuya, y de esa decisión depende tu futuro.
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Hay olores que se nos quedan pegados en la ropa y que los llevamos a dónde quiera que vayamos. De ese modo, es inevitable que si estuvimos cocinando alguna fritura y no nos cambiamos la ropa, todo aquel con el que nos crucemos va a tener una idea exacta de lo que comimos al mediodía. Hay otros aromas más agradables que también se nos quedan, como un buen perfume. Lo cierto es que muchas veces, los perfumes que acarreamos dicen mucho de dónde anduvimos y qué estuvimos haciendo. "Entonces, viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús. Y viendo al hombre que había sido sanado, que estaba en pie con ellos, no podían decir nada en contra" Hch. 4.13, 14 Era notorio, esos dos pescadores habían estado con Jesús. La conclusión saltó inmediatamente delante de los ojos de aquellos hombres que habían arrestado al par de apóstoles. No era que habían ido a estudiar ni que habían tenido alguna clase de preparación formal, sino que el contacto con aquel odiado maestro los había marcado. El problema para la gente del sanedrín no había desaparecido con la muerte de Jesús, sino que ahora el problema se había multiplicado grandemente.
Era como si Jesús mismo se había dividido en muchos, llenando a Jerusalén de su mensaje. Algo había pasado que había hecho que esos hombres, que ahora deberían estar escondidos por temor a las autoridades, se les plantaban frente a frente con una valentía cercana a la temeridad ¡No había amenaza que los pudiera hacer callar! Se notaba que habían estado con Jesús. En cuánto a los discípulos, ellos estaban haciendo lo que su Señor les había dicho que hicieran, ni más ni menos. Pero esa obra no era llevada adelante por ellos solos, sino que la promesa dada por Jesús antes de partir, de investirlos de poder para atestiguar de él ante otros, era ahora una realidad que los desbordaba de tal manera que no podían, ni querían (Hch 4.20), hacer otra cosa que cumplir con el mandato que se les había entregado. Ese poder, la presencia misma de la vida de Cristo en ellos por medio del Espíritu Santo, los llenaba y los impulsaba hacia adelante como el viento llena las velas de los barcos para impulsarlos a través de las olas. Ese poder se evidenciaba en la valentía notoria que ellos poseían ahora para hablar de Jesús a otros y por las maravillas que eran hechas por medio de ellos. Esas cosas atestiguaban que ellos eran de Cristo. No hacía falta que formaran comisiones o departamentos para saber qué hacer, pues vida y misión eran para ellos exactamente lo mismo.
Sus vidas eran el medio por el cual el Cristo resucitado vivía y obraba. Era por eso que ellos tenían olor a Cristo, olor que esparcían por todos lados. ¿Qué olor vamos dejando mientras nos movemos entre los demás? ¿Estamos tan cerca de Cristo que los demás se dan cuenta solos que somos de él? La vida de Cristo, vivida a través de aquellos que se dicen ser suyos, es lo que se necesita hoy. Habiendo tanto mal perfume alrededor, es necesario que nosotros no dejemos de pasar momentos ante la fragante presencia del Maestro, para llenarnos nosotros de su olor y para que otros vean a nuestro pasar la vida que se esconde en la nuestra. Hemos sido llamados por nuestro Dios para esparcir el perfume de su salvación entre aquellos que todavía no gozan de una relación con él. Lógicamente, todo perfume para ser disfrutado debe salir del estante en el que está y su tapa debe ser abierta para que comparta con otros lo que hay en su interior. Y si en ese interior hay perfume de Cristo, su olor inundará el lugar y llevará a otros a querer también para sí ese olor; olor a vida.
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Creer cuando todos los recursos fracasan complace sumamente a Dios y es altamente aceptado por él. Jesús dijo a Tomás: "Has creído porque has visto, pero bienaventurados los que creen y no han visto" (Juan 20:29).
Bienaventurados los que creen cuando no hay evidencia de una respuesta a su oración. Bienaventurados aquéllos quienes confían más allá de la esperanza cuando todos los medios han fracasado.
Alguien ha llegado a un lugar de desesperación, al final de la esperanza y al término de todo recurso. Un ser querido se enfrenta a la muerte y los médicos no dan esperanza. La muerte parece inevitable. La esperanza se ha ido. Oró por el milagro pero éste no ha sucedido.
Es en este momento cuando los bastiones de Satanás se dirigen a atacar su mente con miedo, ira y preguntas abrumadoras como: "¿Dónde está tu Dios? Usted oró hasta que no le quedaron lágrimas, ayunó, permaneció en las promesas y confió". Pensamientos blasfemos se inyectan en su mente: "La oración falló, la fe falló. No voy a abandonar a Dios pero no confiaré en él nunca más. ¡No vale la pena!" Inclusive preguntas sobre la existencia de Dios vienen a su mente.
Todo esto ha sido el dispositivo que Satanás ha empleado durante siglos. Algunos de los hombres y mujeres mas piadosos de todos los tiempos vivieron tales ataques demoníacos.
Para aquellos que pasan por el valle de sombra de muerte, oigan esta palabra: El llanto durará algunas oscuras y terribles noches, pero en medio de esa oscuridad pronto oirá el susurro del Padre: "Yo estoy contigo. En este momento no puedo decirte por qué, pero un día todo tendrá sentido. Verás que todo era parte de mi plan. No fue un accidente. No ha sido un fracaso de tu parte. Agárrate fuerte. Deja que te abrace en esta hora de dolor".
Amado, Dios nunca ha dejado de actuar en bondad y amor. Cuando todos los recursos fallan, su amor prevalece. Aférrese a su fe. Permanezca firme en su Palabra. No hay otra esperanza en este mundo.
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“Le veremos, más sin atractivo para que le deseemos... Despreciado y desechado entre los hombres... fue menospreciado, y no lo estimamos... y nosotros lo tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido” Tales son las palabras con que se describe, de manera profética, la reacción que iría a causar el Siervo de Dios entre la gente de su pueblo cuando viniera a la tierra. Juan, escribiendo en retrospectiva, nos deja palabras similares: “En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, más los suyos no le recibieron” (Jn 1.10, 11) Lo que nos muestra una gran paradoja en cuanto a lo que la figura del Cristo se refiere. Aquel que venía a hacer el mayor bien, fue incomprendido por aquellos por los que dejó la gloria para venir a vivir como uno de nosotros. Nos sorprende y a la vez puede hacer que nosotros emitamos juicios apresurados sobre aquella generación que despreció a su Mesías. Podemos ponernos en fiscales y acusarlos de ciegos y de ser duros de corazón. Pero al hacerlo, nos estaremos acusando a nosotros mismos y a nuestra generación, ya que si el tiempo de la llegada del Mesías a la tierra, hubiera sido el nuestro, lo mismo se hubiera escrito de nosotros. Es que aún hoy Cristo es despreciado por la mayoría, aún de los que se digan cristianos. Es despreciado por todos aquellos que le resten importancia a su muerte. Es despreciado entre los suyos, cuando pensamos en la cruz únicamente como un ingrediente en nuestras vidas y no como lo más importante y lo único realmente esencial. Se desprecia la cruz entre los que nos decimos cristianos cuando no queremos asumir la responsabilidad diaria de tomar nuestras propias cruces e ir en pos de Cristo.
Desde cierto punto de vista muy en boga hoy, podríamos decir incluso que Jesús fue un proyecto que fracasó. Hoy, cuando aún los ministerios se miden con parámetros de éxito más afines a lo empresarial que a otra cosa, Jesús hubiera sido contado entre los que por no llenar estadios están entre los menos bendecidos. Es que ayer y hoy, se tiende a medir a Cristo con parámetros meramente humanos. En su época fue despreciado por los que deseaban que trajera una salvación a la medida de sus propios deseos. En la nuestra es despreciado cuando nos enfrenta con la necesidad de la cruz, haciendo a un lado nuestros deseos de hacer de él sólo el proveedor de bendiciones. Es que el Cordero de Dios no vino a satisfacer nuestras necesidades, sino a ofrecernos el medio por el cual poder estar en condiciones de tener una relación correcta con su Padre. Nos abrió la puerta hacia una nueva vida a través de su vida. No vino como un genio salido de una lámpara mágica, siempre dispuesto a obedecer nuestra voluntad, sino como el que venía a salvar a los que aceptaran su señorío. Venía a salvarnos por medio de su sacrificio para que todos los que éramos deudores a Dios pudiéramos tener entrada ante el mismo trono de gracia. El que fue despreciado vino a amarnos. Sin importar nuestro desprecio, se ofreció libremente y en amor por cada uno de nosotros. No nos despreció ni nos desprecia por nuestros pecados, sino que aún sigue llamando a todos los que acudan a él buscando la salvación de sus vidas.
No despreciemos a Cristo y su cruz, tratando de que él sea sólo algo más en nuestras vidas, sino démosle el lugar central que él merece por lo qué en la cruz hizo por nosotros.
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Textos Bíblicos Cristianos: ConsueloAlgunosb Textos Bíblicos Cristianos que nos revelan a Dios como el que consuela.
Tú, que me has hecho ver muchas angustias y males, volverás a darme vida, y de nuevo me levantarás de los abismos de la tierra. Aumentarás mi grandeza, y volverás a consolarme.
Salmos 71:20 - 21
Haz conmigo señal para bien, y véanla los que me aborrecen, y sean avergonzados; porque tú, Jehová, me ayudaste y me consolaste.
Salmos 86:17
En aquel día dirás: cantaré a ti, oh Jehová; pues aunque te enojaste contra mí, tu indignación se apartó, y me has consolado.
Isaías 12:10
Ciertamente consolará Jehová a Sion; consolará todas sus soledades, y cambiará su desierto en paraíso, y su soledad en huerto de Jehová; se hallará en ella alegría y gozo, alabanza y voces de canto.
Isaías 51:3
Yo, yo soy vuestro consolador. ¿Quién eres tú para que tengas temor del hombre, que es mortal, y del hijo de hombre, que es como heno?
Isaías 51:12
Como aquel a quien consuela su madre, así os consolaré yo a vosotros, y en Jerusalén tomaréis consuelo.
Isaías 66:13
Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios.
2 Corintios 1:3 - 4
... y cambiaré su lloro en gozo, y los consolaré, y los alegraré de su dolor.
Jeremías 31:13
Clama aún, diciendo: así dice Jehová de los ejércitos: Aún rebosarán mis ciudades con la abundancia del bien, y aún consolará Jehová a Sion, y escogerá todavía a Jerusalén.
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Reflexiones Cristianas - Antes de vencer a Goliat. Episodio I  Cuando hablamos de David y su encuentro con el gigante Goliat, todos tendemos a centrarnos en el meollo de la cuestión, en la escena que nos recuerda a las viejas películas de vaqueros con el chico malo enfrentado al chico bueno, mirándose a través del campo por dónde el viento arrastra una ocasional mata de paja. Sabemos el final, pero igualmente siempre nos gusta leer sobre cómo el pequeño vence al gigante; una victoria improbable para las habilidades y las probabilidades humanas, pero segura y contundente para quienes creemos en un Dios capaz de ayudarnos en momentos difíciles o aún imposibles. Pero en esta corta serie nos centraremos en la previa, en los enemigos que David tuvo que enfrentar y vencer antes siquiera de dirigirse hacia la mole humana que venía hacia él con afán sacarse esa pequeña molestía de encima como si fuera una mosca. Toda victoria tiene una elaboración, una preparación previa que se puede olvidar cuando se narra la historia del conflicto en sí. Los ejércitos vencedores rara vez lo son por efecto del azar, sino que están preparados, equipados y motivados para enfrentar y salir victoriosos en situaciones que, a priori. Enemigo 1: su propio miedo. ¿Cómo no empezar a temblar cuando un tipo de más de dos metros se te viene encima? ¿Cómo hacer para que cuando él empieza a moverse hacia vos no dejes todo y salgas corriendo pensando que fue mala idea hacer alarde de lo que podías hacer? ¿Cómo ponerse a pensar siquiera que podés tener la loca idea de ponerte enfrente de un experto asesino para plantarle batalla? ¿Qué posibilidades tenés de ganarle?
¿Qué te impide creer? Esas preguntas nos hacemos muchas veces cuando problemas del tamaño de Goliat se nos vienen encima, cuando situaciones inesperadas se nos cruzan en el camino. Muchas veces el miedo se hace presente y tendemos a dejar la honda y las piedras en el suelo mientras corremos a velocidades dignas de figurar en el Guinnes. ¿Cómo hizo David entonces? ¿Qué le hizo no dudar ni siquiera un paso cuando se dirigía hacia el gigantón? El secreto se encuentra en lo que él mismo nos dice: "El Señor que me ha librado de las manos del león y del oso, también me librará de las manos de este filisteo... tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina, pero yo voy contra ti en nombre del Señor Todopoderoso, el Dios de los ejércitos de Israel... el Señor te entregará en mis manos... todos los aquí reunidos sabrán que el Señor no salva con espada ni con lanza. Esta batalla es del Señor, y él los entregará a ustedes en nuestras manos" 1 Samuel 17.37, 45, 46, 47. ¿No conocía David el miedo? ¿Había nacido con un tipo de ADN especial que lo hacía no temer dónde otros más experimentados que él temblaban?. Seguramente que David había pasado por la experiencia del miedo, dado que era humano como nosotros. La diferencia está en que en algún momento, mientras cuidaba las ovejas de su padre él solo en un ambiente dónde leones y osos andaban por ahí buscando hacer presa de sus ovejas, decidió oponerle a su miedo la confianza en el Dios del que seguramente había escuchado hablar a sus mayores y con el que él había tenido relación desde niño. Osos y leones fueron testigos infortunados de la fe de aquel muchacho que los enfrentaba armado de palos, ondas, muchas piedras y un poderoso protector que luchaba a su lado.
La fe nos dirige del miedo a la confianza. Vemos que en todo momento David atribuía lo que él podía hacer contra Goliat a lo que el Señor había hecho por él en el pasado. La tesis era la siguiente: me ayudó antes, lo hará ahora. Y funcionó para él y para todos los que han tenido en sus vidas luchas contra gigantes que venían a poner en duda su fe. Nosotros también podemos estar atravesando por un momento decisivo en nuestras vidas. Hay lugar para nuestras capacidades o habilidades en esta lucha, como veremos más adelante, pero el factor decisivo es ese instante en el que decidimos poner nuestra fe en las capacidades y en el cuidado de Dios para con nosotros contra el miedo que alguna situación nos pueda ocasionar. Si tenemos una historia personal donde hayamos sido librados por la mano del Señor, hoy también podemos decir: "El Señor me libró y lo hará también hoy". Quizás hasta acá sólo conozcas la derrota. Entonces es un buen momento para salir del ámbito del miedo y vencer en el nombre del Dios en el que decís confiar. Los gigantes, los problemas y las situaciones dolorosas quizás no dejen de venir a enfrentarte, pero la diferencia la hará en quién confiás para vencer tus miedos en primer lugar. Con ese primer enemigo vencido, la victoria de David era segura. A Goliat le quedaban segundos de vida; podía gritar y hacer alarde de su fortaleza por un instante, pero una piedra dirigida por una mano sin miedo demostraría lo que la fe de una persona puede hacer. Quizás en este instante estemos caminando hacia nuestro propio Goliat, quizás la sensación de miedo quiera hacerte dejar la lucha para otro día (aunque el desafío nos seguirá hasta que nos decidamos a pelear), pero mirá otra vez la situación, esta vez con los ojos de la fe y verás que quien va a tu lado es quien te ha librado en otras ocasiones. Ponéte a juntar las piedras y empezá a revolear tu honda. De la dirección de la piedra se encarga Él.
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Creo que no debe haber otra persona que se haya asombrado tanto de estar sirviendo a Dios que el apóstol Pablo. Nadie mejor que él conocía sus antecedentes: "habiendo sido yo antes blasfemo, perseguidor e injuriador..." 1 Timoteo 1.13
En vista a eso y a lo que nos relata el libro de los Hechos antes del capítulo 9 sobre la vida del gran apóstol uno podría llegar a preguntarse cómo es que Dios pudo usar semejante material para transformar el mundo. Lo vemos asintiendo no sólo con el arresto de los creyentes, sino también con la muerte de algunos de ellos (Hch 26.9-11) y siendo él el que pidió ser comisionado por el Sanedrín para ir a buscar a los creyentes que encontrara en Damasco para traerlos a Jerusalén y ser enjuiciados y tal vez también muertos. Tienta mucho hacer una pregunta, si no conociéramos el resto de la historia, ¿Puede una persona así ser usada por Dios? Más aún ¿Alcanza el perdón de Dios a una persona que hizo del perseguir a los suyos una meta en la vida? ¿Hay oportunidad de restauración para alguien como Saulo de Tarso, el implacable perseguidor de los creyentes? El libro de los Hechos y las palabras de Pablo en algunas de sus epístolas nos muestras que Dios no opera como nosotros lo haríamos con respecto a los errores de los otros ni con respecto a los errores propios. El momento decisivo en la historia de Pablo se produjo cuando él más convencido estaba de estar haciendo lo correcto, yendo hacia Damasco (Hch 9.1-22). Allí, en el camino Cristo se le aparece y en lugar de fulminarlo con fuego del cielo lo aparta de su mal andar y lo pone a su servicio. Fue un golpe muy duro el que Saulo-Pablo recibió aquel día, pero fue el golpe que necesitaba para cambiar su vida y su actitud ante Cristo. Muchas veces nosotros necesitamos de golpes similares para adrnos cuenta de que quizás estamos muy lejos de los caminos de Dios, aún cuando pensemos que vamos por el camino correcto. Hay un camino a Damasco para nosotros cuando por primera vez nos encontramos con la realidad de Cristo. Quienes alguna vez nos hemos burlado de Dios y de su pueblo nos hemos encontrado de frente con que el Señor de los cristianos era una persona real, que nos estaba buscando ¡y que no lo estaba haciendo para condenarnos, sino para ponernos a su servicio! Vemos que la humillación de Pablo lo guió al arrepentimiento y a estar en capacidad de ser un vaso para el uso de Dios.
El pecado propio nos debe llevar a la humilación también y a reconocer que estamos lejos de la voluntad de Dios, y que necesitamos su gracia sobre nosotros. Esa humillación primera abre la puerta al obrar de Dios a través del ministerio del Espíritu Santo. Pero creo que también necesitamos alguna experiencia tipo camino a Damasco cuando somos creyentes y nos hemos estado apartando de Dios aún con pasos pequeños. Necesitamos, si esa es nuestra condición, un golpe a nuestra autosuficiencia que nos despierte y nos ponga en condiciones de servir a Dios de la manera correcta. Vemos que Pablo estuvo tres días de retiro personal (Hch 9.8-11) de oración, de lucha seguramente, retiro que lo llevó a reconocer su error y a estar en condiciones de ser un siervo de Cristo y su evangelio. Muchas veces nos hace falta darnos un golpe con la realidad para que admitamos nuestros errores y nos pongamos en las manos de Dios. Necesitamos, como Pablo, que nuestros ojos sean abiertos una vez más y ser llenos del Espíritu Santo (Hch 9.17), para ser lo que Dios quiere que seamos.
Dios es Dios de las segundas oportunidades, pues él no está interesado en que nos encerremos en nuestros fracasos y en nuestras limitaciones, sino que quiere que cumplamos con el propósito para el que nos llamó. Pero antes de esas segundas (y a veces terceras, cuartas, etc.) oportunidades es necesaria una profunda revisión de nuestras vidas, una entrega en humillación (que nos despoja de todo orgullo posible y nos deja vacíos para ser llenados por Dios) y una disposición para dejar que él sea el que nos marque el camino por dónde andar. La gracia restauradora de nuestro Padre está a nuestra disposición para ponernos otra vez en condiciones de ser usados por él para transformar nuestro mundo. No nos unamos a los muchos que van quedando por el camino, presos del orgullo y también de la culpa sino que aprovechemos cada oportunidad que Dios nos ofrece para ser usados para su gloria. No es de los perfectos la victoria, sino de aquellos que se dejan moldear por Dios, de quienes permiten que cada tanto Dios ponga sus manos sobre ellos para eliminar las imperfecciones que estorban la obra que el Artista quiere realizar en ellos.
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