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No importa si nos es fácil o no poder relacionarnos con otras personas, la cuestión es que no vivimos aislados del resto de la humanidad; diariamente nos conectamos de una u otra manera con otras personas. Aún aquellos que sólo se relacionan por medio de un monitor de computadora, interactúan con otros a los que a veces ni conocen en realidad por aquella casi invisibilidad que le otorga la internet a la esencia verdadera de muchas personas. Somos seres creados para relacionarnos con otros, en primer lugar con el Creador y luego con otros seres humanos. Creados a imagen y semejanza de Dios, compartimos del Creador la capacidad de entablar relaciones.
A causa de la entrada del mal al mundo, las relaciones que tengamos no se verán libres de la contaminación del pecado. Eso es algo que tenemos que tomar en cuenta cuando a lo largo del día nos encontramos con personas a las que herimos o que nos hieren; nuestro pecado o el suyo interferirán para mal en nuestra relación con los otros. Por más buenas intenciones que tengamos para no chocar con nadie en este día, tengamos presente que van a suscitarse situaciones en las que el pecado propio o el ajeno van a ocasionar roces, a veces hirientes, con aquellos con que nos crucemos.
¿Qué hacemos entonces? ¿Nos encerramos en un rincón apartado del mundo para evitar colisionar con los demás? Esa idea nos a gustado concretarla en más de una ocasión, pero sabemos que no es la solución, pues debemos reconocer que aún fuera de todo contacto humano externo, seguimos en contacto con nosotros mismos y allí también vamos a tener conflictos, pues hay cosas en nosotros mismos que nos hacen chocar aún ante el espejo.
¿Estamos condenados entonces a tener que soportar o ser soportados por los demás, chocando continuamente, provocando roces que nos duelen y que hacen doler? No, no lo estamos. Hay algunas cosas que podemos hacer para relacionarnos y no morir en el intento.
Lo primero es restaurar nuestra relación con quien nos creó. El pecado entró cuando nos quisimos independizar de Dios. La cercanía cotidiana con Dios, presente en la era previa a la Caída, se puede restablecer cuando dejamos de gobernar nuestras vidas de acuerdo a nuestros criterios y conveniencias. Una nueva humanidad es posible mediante la obra que Cristo hizo en la Cruz, tal como dice Pablo en su segunda carta a los Corintios: "Es decir que, en Cristo, Dios estaba reconciliando consigo mismo al mundo, sin tomar en cuenta los pecados de los hombres..." (2 Co 5.19). Esa nueva humanidad que ya no huye del gobierno de Dios, sino que se pone voluntariamente en sus manos, va retomando la relación que se fracturó en el Edén.
Y siendo reconciliados con Dios, podemos también andar el camino de las relaciones con los demás. En primera instancia, sabiéndonos pecadores nosotros mismos, entenderemos que los demás también son sujetos a las debilidades que nos son tan comunes a nosotros. Muchas mostramos que somos falibles y apreciamos la paciencia o el perdón de los demás, pero no dejamos pasar la ofensa que otro nos realiza a nosotros. Las relaciones con los demás tenemos que entenderlas y juzgarlas teniendo en cuenta lo previsible de nuestras fallas y de las ajenas. Eso nos liberará de muchos problemas en los que nos vemos envueltos cuando pretendemos en los demás una impecabilidad que nosotros no poseemos. Además no sabemos qué cosas le han pasado durante el día a la persona que nos hiere o con quien chocamos. Recordemos que muchas veces queremos que se entienda el por qué de nuestras malas reacciones en base a cosas que nos han sucedido durante el día: "Perdoná, no sabés el día que tuve hoy...". ¿No sería bueno entonces que cuando alguien nos choca nos detengamos a pensar en que quizás esté necesitando nuestra ayuda y comprensión antes que nuestra respuesta enojada o nuestra ira?
Por último, no sólo estamos llamados a entender el por qué de la conducta de los otros hacia nosotros, sino a trabajar activamente en la edificación positiva de relaciones con los demás, producto de una correcta relación con Dios y de un entendimiento de las debilidades propias y ajenas. "Así pues, hagan ustedes con los demás como quieran que los demás hagan con ustedes..." (Mt 7.12)
Conociendo el perdón, la paciencia, la compasión y el amor que Dios muestra con nosotros, debemos ser agentes de esas mismas cosas en los demás. Vemos que no se trata sólo de "aguantar", sino también de tomar la iniciativa en pos de establecer relaciones que sean el ámbito dónde las partes crecen y se ayudan de una manera efectiva. Y relaciones edificantes, fortalecedoras, son las que hacen falta de una manera urgente en una sociedad dónde cada uno parece vivir a su propia conveniencia y gusto.
Así que, tomá aire, y ajustá tus relaciones para que el día de hoy sea un día de dar y recibir bendiciones, de edificar y levantar. Muchos no conocen más que el dolor con el roce con los demás. Vos sos la persona que Cristo dejó aquí para mostrar que una nueva humanidad es posible, donde las personas viven su relación con Dios de una manera correcta y que de esa relación nace la posibilidad de relaciones que sean de ayuda a cada uno de sus integrantes.
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