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“... sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos”. Zac 4:6 Tal es la instrucción que Dios nos da desde las páginas de la profecía de Zacarías. Nos habla sobre una realidad de la cual podemos alejarnos peligrosamente cuando olvidamos que la iglesia como grupo, y el creyente individual, somos de una naturaleza espiritual y sobrenatural, por el intermedio de la operación maravillosa del Espíritu de Dios en nosotros. El nacimiento de los hijos de Dios a la vida espiritual ha tenido lugar mediante un verdadero milagro de parte de Dios en lo profundo de sus vidas. Por lo tanto no se trató ni se trata de nada que el ser humano pueda reproducir por sí mismo, por más esfuerzo que haga. La formación de la iglesia, la asamblea de todos los hijos de Dios, también es un hecho de naturaleza sobrenatural, pues no es el conjunto ni la aglomeración de voluntades humanas unidas por un fin específico, sino que es la congregación de los llamados por Dios a servirle como un cuerpo, de quien el Cristo resucitado es la Cabeza. Quería establecer esto para llegar a un punto importante: si el obrar de cada uno de nosotros y de la iglesia en el mundo donde moramos la dejamos únicamente librada a la capacidad organizativa y a la iniciativa de cada uno o del conjunto, sin una dependencia clara y total del Espíritu de Dios, los resultados sólo pueden ser lo menos impactantes posibles. ¿Está mal tener una buena capacidad organizativa y un motor de ideas constante? Todo lo contrario. Aún más, es deseable que cada congregación pudiera contar con la mejor organización posible y con gente con muchas y buenas ideas, capaces de generar soluciones a los problemas que la rodean o la habitan. Pero si eso es lo único en lo que se confía para realizar la obra a la que hemos sido llamados, estamos errando. Notemos que aún para la tarea personal de dar testimonio se les dijo a los discípulos que debían recibir poder de lo alto para llevarla a cabo (Hch 1.8). La evangelización, por ejemplo, si sólo es el aprendizaje y la puesta en práctica de ciertas técnicas estudiadas, pero no depende ni busca la intervención del Espíritu de Dios, podrá parecer impresionante o llenar estadios, pero de cierto que no llenará el cielo. Desde lo individual, no se trata entonces de cómo nos esforzamos por seguir a Dios como si de una batalla solitaria por alcanzar las metas imposibles de Dios se tratara. Eso sólo produce frustración y cansancio y no da fruto verdadero. Si en cambio entendemos la vida del creyente como una rendición voluntaria y gozosa, realizada a diario, a la guía y la operación milagrosa de Cristo en nosotros, entonces disfrutaremos de la vida abundante prometida y posible. Como cuerpo de Cristo, si nuestra confianza está puesta sólo en la capacidad organizativa del grupo, capaz de generar muchas y muy buenas actividades, donde incluso mucha gente asista, pero dejamos de lado la preparación espiritual, no es asombroso que los frutos sean escasos. El cuerpo de Cristo, su iglesia, es la habitación de un poder tremendo que es el que impactará allí donde se derrame. Debemos ser llenos nosotros, cada uno de ese poder, para poder ser derramado a nuestro alrededor. Pero ese derrame debe venir primero en el seno de la iglesia misma, que debe despertar a su vocación celestial y que debe darse cuenta del poder tremendo que hay en medio de ella, sólo por ser la iglesia de Cristo. Muchos de los males de la iglesia desaparecerán cuando empecemos a vivir en serio lo que Cristo nos propone, una vida caracterizada por el poder para triunfar en las luchas diarias mediante la obra de su Espíritu en nosotros. La capacidad del enemigo de las almas para generar mal en medio de nuestra sociedad no puede ser contrarrestada sólo con buenas ideas e iniciativas, sino con un pueblo de Dios que se fortalece individual y colectivamente, permitiendo que el poder de Cristo se haga patente en cada creyente en el lugar donde haya sido puesto. Un pueblo fuerte en Dios es lo que hace falta hoy más que nunca; un pueblo que se levanta valiente contra el mal y que con la misma valentía lleva todo el bien que Cristo aún quiere hacer a este mundo. En el corazón de Cristo, tu iglesia es la asamblea de los redimidos dejados en la tierra para hacer conocer su mensaje mediante la palabra dada y mediante el poder que cambia las vidas de los creyentes (la tuya y la mía) y que todavía puede cambiar este mundo. No somos solamente una organización, somos un organismo, algo vivo por la vida de Cristo. Como tal, llevemos esa vida donde vayamos, mostrémosla allí donde estemos y dejemos que esa vida fluya de nosotros a los que diariamente nos rodean. Por Marcos Felipe
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am se ve que esta nuy kinda pero esta muy larga y ahy muchos que no les gusta
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EN Q TEXTO BIENE.PUES SI HACEN LEñA DEL ARBOL CAIDO QUE SE PUEDE ESPERAR DE LAS
RAMAS?